El miedo y la ansiedad

Habían transcurrido siete meses desde que María comenzó a odiar su trabajo. Todo cambió cuando don  Felipe, director del departamento, se jubiló. Su lugar había sido ocupado por don Julio. Su nuevo jefe resultaba ser una de esas personas que siempre estaba de mal humor. Y lo que en un principio se le permitió, justificado por su mal carácter, pronto se tornó en cruel despotismo. María era una de esas personas que sufría su constante abuso de poder. Sin embargo, su vida estaba a punto de cambiar:

 El despertador gritaba incansablemente cuando María alargó su brazo para hacerlo callar. Eran las siete de la mañana. Dentro de dos horas empezaba un nuevo día en la oficina. Aún quedaban algunos minutos que arañar al aparato, por lo que permaneció tumbada en la cama, con los ojos cerrados. 

Generalmente, solía sucumbir a la poderosa energía que emanaba desde las sábanas y que la mantenía atrapada en la nube que tenía por cama. No siempre fue así. En otra época, enseguida saltaba de la cama. Una época en la que todo era diferente. María llevaba varios años trabajando en la administración de una gran multinacional. Estaba contenta. Su salario no estaba mal, estaba relativamente cerca de su casa y sus compañeros eran muy agradables. Con el tiempo incluso alguno de ellos se convirtieron en íntimos. Además, tenía un buen horario, lo que le permitía disponer de alguna hora del día para hacer lo que más le gustaba en el mundo: dibujar. Podía pasar tardes enteras llevando su imaginación hasta el infinito, soñando y dibujando sus sueños de diferentes formas y colores. 

Volvió a chillar el impertinente aparato. Esta vez sí. Tocaba hacer frente a los desafíos del nuevo día. Al levantarse, se quedó observando la caja de pastillas que había en su mesita de noche. – Una pastilla antes de las comidas – le había dicho su médico. Sufría desde hace tiempo de acidez y tenía digestiones pesadas.

Después de desayunar, ducharse y vestirse, salió hacia el trabajo. Era un día lluvioso, de esos en los que el cielo está cubierto por oscuras nubes que ocultan el Sol. La lluvia caía incesantemente y la carretera era intransitable. Desde el interior de su coche María observaba como estaba metida en un gran atasco. – Hoy llegaré tarde – se dijo a sí misma abatida. Y pensó en su jefe. La escena con don Julio se le apareció nítidamente en su mente. Estaba sentada en su despacho mientras él le decía con una frialdad absoluta que tenía que haber previsto el día anterior el tiempo del día siguiente. Él lo hacía siempre. Por eso había llegado puntual. Y allí estaba ella, en frente del tirano sin saber que decir. Intentaba justificarse pero una vez más las palabras se quedaron atrapadas en su garanta. Su cuerpo no reaccionaba. Sólo quería salir de allí. Sentía el deseo casi irreprimible de salir corriendo de esa situación. Pero no podía hacerlo, necesitaba el dinero. Entonces ocurría lo de siempre. Don Julio comenzaba a decirle que no estaba contento ni con su trabajo ni con su comportamiento, llegando a la fatídica y habitual frase de: – Si su comportamiento no mejora sustancialmente, me veré obligado a tomar medidas radicales… María pudo sentir esas palabras, que al igual que la primera vez que salieron por la boca de jefe, se le clavaron en el pecho como si fueran astillas.

Los humanos tenemos tres tipos de cerebro. Decía la radio. Todo ellos conectados entre sí. El primero de ellos es el cerebro reptiliano y es el más antiguo. Fue el primer cerebro que desarrollamos, hace 500 millones de años, cuando los seres humano no éramos más que una especie que luchaba por sobrevivir día a día. Este cerebro primitivo es el responsable de nuestros instintos más básicos y rige las acciones de nuestra supervivencia, como el latir del corazón o la respiración. Nuestro segundo cerebro, es lo que llamamos el sistema límbico, formado por el tálamo, el hipotálamo, el hipocampo y la amígdala. Fue desarrollado aproximadamente hace 300 millones de años. Se conoce también como el cerebro de los mamíferos y es el principal encargado de nuestras emociones, como el miedo. El tercer cerebro es la corteza cerebral o el neocortex, y se encarga del raciocinio, la memoria, los conocimientos y las habilidades. Es donde se produce la magia del ser humano, donde se almacena la creatividad y el arte.

Pensó María en cuando todavía dibujaba. Desde hace tiempo, sus colores y sus lápices habían quedado olvidados en un oscuro rincón de la casa. No por falta de tiempo, sino por falta de inspiración.

El miedo es de gran utilidad para garantizar nuestra supervivencia. El miedo ha sido nuestro aliado durante mucho tiempo. Nos protegía de los animales o circunstancias peligrosas. Sin embargo, hoy en día para mucha gente, nuestra emoción del se ha convertido en algo disfuncional. Hemos de tener en cuenta de que llevamos muy poco tiempo siendo civilizados comparado con nuestro proceso evolutivo. Lo que antiguamente podía ser un león, ahora es un examen o tener un hijo. Es disfuncional porque los efectos del miedo pueden llegar a ser devastadores para nuestra salud y nuestro entorno. Una sensación de pavor puede romper la conexión entre el neocortex y el sistema límbico. Es decir, entre el raciocinio y las emociones. Al final, nuestro intelecto es secuestrado por la amígdala y nuestra sensación de miedo lo llega a controlar todo. No importa cuántos argumentes utilices o cuantos consejos te den tus amigos y familiares. Tu mente permanecerá anclada a esa emoción.

 Debemos de tener en cuenta que cuando los seres humanos sentimos miedo, por ejemplo ante la presencia de un león, algunas partes de nuestro cuerpo se desactivan. Por el ejemplo, el estómago. Esta desactivación era muy útil porque el cuerpo deja de consumir energía innecesaria en ese momento para aprovecharla en una de las dos acciones que nuestro cerebro está programado. Bien huir, atacar o quedarse paralizado. 

María recordó el pensamiento que hace unos minutos había tenido. Volvió a sentir el impuso difícilmente controlable de querer huir del despacho de don Julio. De nuevo sintió los sudores fríos y escuchó a su corazón latir violentamente… 

Sin embargo, continuó diciendo el entrevistado, si la amenaza y la sensación de miedo persiste, puede aparecer graves problemas para la salud.  Por seguir con el ejemplo, el estómago deja de funcionar correctamente porque está desactivado. Como consecuencia, la comida queda atascada, se descompone y fermenta, produciendo gases que inflama las paredes des estómago.

No pudo evitar María pensar en su estómago mientras lo acariciaba suavemente, como si de alguna forma la palma de su mano pudiera aliviar y sanar su  órgano… llevaba tiempo tomando las pastillas y la situación no había mejorado demasiado.

Hay otras zonas del cuerpo que se ven afectadas por el miedo y que el cerebro desactiva. Por ejemplo, la creatividad. Es muy difícil ser creativo si vivimos en un estado constante de amenaza…

 María pensó en sus pinceles al tiempo que empezaba a sentir la rabia quemarle por dentro. Ahora sabía muy bien cuál era su problema. Desde hace mucho tiempo había vivido en una situación de miedo constante, el miedo a don Julio, a ser despedida. Poco a poco su salud había ido a peor y comenzaron los problemas del estómago y de sueño. Había dejado aparcada su pasión por el dibujar y al final sólo vivía para los fines de semana, llenando las últimas horas del domingo de tristeza y ansiedad al pensar que al día siguiente tendría que ir a la oficina. 

De repente María vio a través de la ventana el motivo principal de su atasco. Había dos coches destrozados. Estaban en el arcén. Detrás de ellos, una ambulancia y dos coches de policía. A juzgar por la situación parecía algo grave. María pensó en la fugacidad de la vida. En cómo todo puede acabar en un abrir y cerrar de ojos. Ahora veía todo claro. No quería que su vida se consumiese lentamente bajo el dominio del miedo. Deseaba desde lo más profundo librarse por fin de todo aquello. Entonces, llena de valor y coraje decidió firmemente buscar una solución a su trabajo. Encontraría el modo de salir de allí y volvería a sentirse feliz. 

Algunos de nosotros, continuó la radio, vivimos con un verdadero demonio interior. Un demonio que nosotros mismos creamos.

Ese día, María se hizo la firme promesa de cambiar su vida. No sabía cómo, pero se prometió a si misma que buscaría una manera. Decidió ser feliz. Decidió cambiar. Aquel día fue el comienzo de todo.

“Un deseo no cambia no cambia nada, una decisión lo cambia todo”

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